viernes, 4 de marzo de 2011

Ustedes son Templos vivos del Espíritu Santo.


Dios nos ha mirado con un amor intenso y único. Con un amor capaz de transformar nuestra mente y nuestro corazón. Un amor que tiene la fuerza y la capacidad de hacernos personas nuevas capaces de amar.

Esta forma de amar de Dios se manifiesta a través de la digna elección que Dios ha tenido de cada uno de nosotros como lugar de su Presencia y manifestación de su Amor. ¡Ésta es la dignidad intrínseca del ser humano!: Dios mismo no quiso utilizar otro medio para probarnos su amor que el hacerse en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Se encarnó en un cuerpo, tomó carne de la carne de una mujer para poder manifestarnos cuánto nos amaba. Un amor no sólo de palabras o de romanticismo. Un amor no vivido desde lejos, sino un amor unido simbióticamente a nosotros porque sólo así podía salvarnos. Esto puso de manifiesto hasta dónde nos amaba: entregar su vida por nosotros. Entregar la vida significa necesariamente entregar el cuerpo. No se puede entregar la vida sin dar el cuerpo. Unos esposos, por ejemplo se donan su vida el uno al otro generosamente y la mejor expresión de no pertenencia a sí mismo es entregándole su cuerpo a su esposo, a su esposa, que es la máxima expresión del amor entre ellos. Una persona consagrada al Servicio del Reino, bien sea un Sacerdote, Religioso, Religiosa, se entrega de manera total y sin reservas a sus hermanos haciéndole violencia incluso a su propio cuerpo para poder ser fiel a lo que Dios le pide y, de esa manera está entregando la vida al servicio del Reino. Al dar la vida por los demás, necesariamente tiene que dar el cuerpo. Se trabaja desde el corazón para alcanzar a todos para Dios. La ofrenda del corazón es la ofrenda del cuerpo. Jesucristo nos lo ha manifestado así en diferentes ocasiones, porque en el corazón reside toda la plenitud de la gracia de Dios para todo ser humano que desea abrazar la gran oferta de la santidad. El cuerpo es pues el tabernáculo viviente, el tabernáculo móvil, el tabernáculo siempre dinámico donde Dios reside y desde donde Dios puede y quiere llevar a cabo su obra de redención. Jesucristo se entregó en cuerpo y alma por la salvación de la humanidad y a final resucitó glorioso con su mismo cuerpo. Es necesario pues que cuidemos de este tabernáculo, que cuidemos de este templo. Que cuidemos de esta casa donde Dios ha puesto su morada.

Paz y Bien.

Fort Worth, Texas. Marzo 4 de 2011.

Fray Pablo Capuchino Misionero.

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