Te hago luz de las naciones, para que todos vean mi salvación. Lectio Divina Domingo II del Tiempo Ordinario A

 Domingo II



Tiempo ordinario A


LECTIO


PRIMERA LECTURA


Te hago luz de las naciones, para que todos vean mi salvación.


Del libro del profeta Isaías: 49, 3. 5-6

El Señor me dijo: “Tú eres mi siervo, Israel; en ti manifestaré mi gloria”.

Ahora habla el Señor, el que me formó desde el seno materno, para que fuera su servidor, para hacer que Jacob volviera a él y congregar a Israel en torno suyo –tanto así me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza–. Ahora, pues, dice el Señor: “Es poco que seas mi siervo sólo para restablecer a las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel; te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra”.


Palabra de Dios. 

R. Te alabamos, Señor.


La primera lectura recoge parte del segundo cántico del <<Siervo de YHWH>>. En total, cuatro composiciones poéticas referidas a un personaje llamado <<Siervo del Señor>>  (Is 42,1-9; 49,1-7; 50,4-11; 52,13-53,12). La identificación del siervo resulta, al menos, misteriosa. Reiterados intentos han querido fijar un nombre y un rostro para este personaje. Entre otros, han sugerido que se trata del pueblo de Israel, del mismo profeta, de Ciro, en cuanto libertador de los judíos desterrados en Babilonia. Sin embargo, ninguno de los «candidatos» se corresponde plenamente con los requisitos necesarios para ser identificado como «Siervo de YHWH», hombre elegido por Dios, íntegro en su fe, al que se le ha confiado una misión universal. Es necesario esperar a Jesucristo para encontrar la respuesta satisfactoria y definitiva.

El texto actual, en efecto, ha sido elegido para crear una conexión entre el «Siervo de YHWH» y el «Cordero de Dios» (del evangelio). Las dos expresiones denotan en el lenguaje y la teología de Juan el Bautista la misma realidad. La lectura litúrgica selecciona algunas frases del segundo canto del siervo para subrayar su misión universal. La frase central, puesta en los labios de Dios, suena así: «Te convierto en luz de las naciones para que mi salvación llegue hasta los confines de la tierra» (v. 6).

El peso teológico descansa en la idea de salvación que llega desde Dios a los hombres por la mediación del siervo; además, tal salvación alcanza a todos.

La figura del siervo encuentra pleno cumplimiento en Jesús, la luz venida al mundo para alumbrar a todos los hombres, el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La humanidad no tiene que seguir esperando; por fin, la esperanza se llena con un contenido preciso.


SEGUNDA LECTURA


La gracia y la paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús.


De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 1, 1-3

Yo, Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, mi colaborador, saludamos a la comunidad cristiana que está en Corinto. A todos ustedes, a quienes Dios santificó en Cristo Jesús y que son su pueblo santo, así como a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Cristo Jesús, Señor nuestro y Señor de ellos, les deseo la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor.


Palabra de Dios. 

R. Te alabamos, Señor.


Hoy comienza la primera carta de Pablo a la comunidad de Corinto. Encontramos, como de costumbre, el saludo y sus elementos tradicionales: el remitente, el destinatario y el anuncio inicial. En seguida aparece una profusión de títulos y concreciones que acompañan tanto al remitente como a los destinatarios.

El nombre de Pablo, engrandecido con el título de «apóstol», certifica el origen de su misión. Y si no fuese suficiente, el doble añadido -apóstol «de Cristo Jesús» y «por voluntad de Dios» (v. 1)- insiste en la sacralidad y oficialidad de su cometido. Lejos de ser un título vanidoso, la conciencia apostólica de Pablo sirve para revalorizar su modo de hablar y actuar. Pablo no actúa en nombre propio, ni decide según criterios puramente humanos. Él es fundamentalmente un «llamado» que responde a la solicitud divina. Pablo asocia consigo a Sóstenes, designándolo «hermano». Existe una delicada voluntad de asociarlo como colaborador al trabajo apostólico. El apóstol nunca actúa como un marinero solitario; su vocación divina lo pone en comunión con todos aquellos que Dios llama a su servicio.

Los destinatarios de la carta son todos los creyentes, «la Iglesia de Dios», expresión preferida de Pablo. El término ekklesía indica la asamblea litúrgica convocada por Dios para ser su pueblo santo mediante una vocación especial. Esta nueva comunidad, con respecto de Israel, está marcada con el sello pascual y tiene en Jesús al verdadero cordero inmolado. Se encuentra mencionada en referencia a una ciudad: «en Corinto». Y la especificación consiste en indicar una iglesia local. La iglesia, sin embargo, es la realidad nacida de la confluencia entre el amor trinitario y la aceptación del hombre. La concepción paulina de iglesia ha sido asumida y suscrita por el Concilio Vaticano Il, que hizo suya esta cita de san Cipriano: «La Iglesia universal se manifiesta como "una muchedumbre reunida por la unidad del Padre, del Hijo y Espíritu Santo"» (LG 4).

El anuncio inicial está compuesto por un binomio que permanecerá invariable en todas las cartas: «gracia y paz», dones que tienen en el Padre y en Cristo su manantial; expresan la comunión con Dios, en cuanto don gratuito, que viene de lo alto («gracia») y perdura, gracias a la colaboración humana («paz»). El inicio de la carta ofrece una entonación teológica que presagia la sinfonía que se desarrollará a continuación.


EVANGELIO


Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.


Del santo Evangelio según san Juan: 1, 29-34

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.


Palabra del Señor. 

R. Gloria a ti, Señor Jesús.


La solemne apertura del evangelio había presentado a la Palabra eterna del Padre entrando en la historia de los hombres y convirtiéndose en Jesús de Nazaret.

Era necesario encontrar un nexo para que Jesús pudiera vincularse concretamente en la historia. Todos los profetas habían hablado de él. El último, dotado de un carisma particular, el «precursor», se llama Juan: el portavoz del actual texto evangélico. En un estupendo primer plano, el Bautista es presentado como el testigo leal. Ese que empeña todo su ser en hablar de Jesús, reconociéndolo como el Mesías y proporcionando las credenciales fundamentales. Su testimonio se expresa con tres frases de recia teología: Jesús es «el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v. 29); el Espíritu se ha posado sobre él y permanece de forma estable (v. 32);

Jesús es el elegido de Dios, es decir, el «Hijo de Dios» (v. 34). Son tres afirmaciones, ligadas entre sí, que desvelan la idea que tiene Juan sobre el Mesías. Las tres imágenes encuentran correspondencia parcial en los cantos del «Siervo de YHWH» y el porqué de su elección como primera lectura.


La obra principal de Jesús consiste en «quitar el pecado del mundo». Para Juan, el evangelista, existe un único pecado: rechazar la Luz que ha venido al mundo para iluminar a todos los hombres (Jn 1,9). Rechazar a Cristo es el mayor y único pecado; las demás transgresiones (pecados) son manifestaciones incompletas. Jesús cumplirá esta colosal obra de reconciliación entre Dios y el hombre porque él mismo es Dios. El texto lo dice claramente. La escena del bautismo sirve para mostrar la presencia del Espíritu, que desciende sobre Jesús y permanece sobre él.


MEDITATIO


Aunque hay pluralidad de funciones o diversidad de llamadas, el fin debe ser común: la realización de sí mismos y la gloria de Dios. Puesto que la vocación viene de Dios, él, que es unidad y amor, convoca a todos a la plena realización. El siervo de la primera lectura ha sido enviado para llevar la luz a todos los pueblos. Ya no existen barreras, ni muros divisorios, sino un único y gran proyecto: construir la familia humana, ligada por la misma ley que le une con Dios, dador de todo bien.

Pablo, en la segunda lectura, se dirige a la comunidad -y a nosotros actualmente- presentándose como apóstol que ha recibido una misión que cumplir. Toma consigo al hermano Sóstenes -idealmente, a todo hermano en la fe- recordando que todos tienen como encargo un servicio apostólico. Desde la pluralidad de papeles, es común el empeño de dar a conocer y amar a Jesucristo. A través de ellos, la comunidad de Corinto tiene la «gracia» de descubrir a Jesucristo y, en él, encontrar la novedad de vida que adquiere el nombre teológico de «salvación» o «redención». Pablo es el instrumento elegido por la Providencia para hacer llegar a numerosos pueblos el mensaje del Evangelio.

El texto evangélico muestra la peculiar vocación de Juan, ser el precursor y mensajero que anuncia la presencia de Jesús. El Bautista no se limita a una atestación física («está aquí, es aquél de allí»). Ofrece un cuadro teológico de hondo espesor. Esto significa que toda verdadera vocación, incluida la nuestra, antes de ser testimonio externo, es descubrimiento interior de la realidad de Cristo. Él es «el Cordero que quita el pecado del mundo». Él carga con nuestras miserias y transforma la iniquidad en santidad. En él, todos podemos esperar un nuevo nacimiento, del agua y del Espíritu, para construir una sociedad donde la fraternidad sea el estatuto y el amor la única regla de convivencia.

En Cristo, con Cristo y por Cristo, tiene hueco y sentido nuestra vocación; conservamos la propia originalidad, que debe desarrollarse autónoma y completamente; encontramos el tiempo y el modo apropiado para relacionarnos con Dios. Insertados en Cristo, el bautizado se realiza en la singularidad exclusiva de su ser y en la comunión de una humanidad que, con Cristo, camina al encuentro del Padre para rendirle eterna alabanza.


ORATIO


Para que tuviéramos la luz, te hiciste ciego.

Para que obtuviéramos la unión, experimentaste la

separación del Padre.

Para que poseyéramos la sabiduría, te hiciste «ignorancia».

Para que nos revistiéramos de la inocencia, te convertiste en «pecado».

Para que esperáramos, casi te desesperaste.

Para que estuviera Dios en nosotros, lo sentiste lejos de ti.

Para que fuera nuestro el cielo, sentiste el infierno.

Para darnos una apacible morada en la tierra entre cientos de hermanos, fuiste excluido del cielo y de la tierra, de los hombres y de la naturaleza.

Eres Dios, eres mi Dios, nuestro Dios de amor infinito.


(Chiara Lubich, «Perché fosse nostro il cielo», en Città Nuova, 1975/3, p. 35).



CONTEMPLATIO


Tú eres en verdad el único Señor; tú, cuyo dominio sobre nosotros es nuestra salvación, y nuestro servicio a ti no es otra cosa que ser salvados por ti. ¿Cuál es tu salvación, Señor, origen de la salvación, y cuál tu bendición sobre tu pueblo, sino el hecho de que hemos recibido de ti el don de amarte y de ser por ti amados? Por esto has querido que el Hijo de tu diestra, el hombre que has confirmado para ti, sea llamado Jesús, es decir, Salvador, porque «él salvará a su pueblo de los pecados» (Mt 1,21) y «ningún otro puede salvar» (Hch 4,12). Él nos ha enseñado a amarlo cuando, antes que nadie, nos ha amado hasta la muerte en la cruz. Por su amor y afecto suscita en nosotros el amor hacia él, que fue el primero en amarnos hasta el extremo.

Así es, desde luego. Tú nos amaste primero para que nosotros te amáramos. No es que tengas necesidad de ser amado por nosotros, pero nos habías hecho para algo que no podíamos ser sin amarte [...].

Tal es la Palabra que tú nos dirigiste, Señor: el Verbo todopoderoso que, en medio del silencio que mantenían todos los seres -es decir, el abismo del error-, vino desde el trono real de los cielos a destruir enérgicamente los errores y a hacer prevalecer dulcemente el amor. Y todo lo que hizo, todo lo que dijo sobre la tierra, desde los oprobios, los salivazos y las bofetadas, hasta la cruz y el sepulcro, no fue otra cosa que la Palabra que tú nos dirigías por medio de tu Hijo, provocando y suscitando, con tu amor, nuestro amor hacia ti. Sabías, en efecto, Dios creador de las almas, que las almas de los hombres no pueden ser constreñidas a ese afecto, sino que conviene estimularlas, porque donde hay coacción no hay libertad, y donde no hay libertad no existe justicia tampoco.

Quisiste, pues, que te amáramos los que no podíamos ser salvados por la justicia, sino por el amor, pero no podíamos tampoco amarte sin que este amor procediera de ti. Así pues, Señor, como dice tu apóstol predilecto, y como también aquí hemos dicho, tú nos amaste prime-ro, y te adelantas en el amor a todos los que te aman.

Nosotros, en cambio, te amamos con el afecto amoroso que tú has depositado en nuestro interior. Por el contrario, tú, el más bueno y el sumo bien, amas con un amor que es tu bondad misma, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, el cual, desde el comienzo de la creación, se cierne sobre las aguas, es decir, sobre las mentes fluctuantes de los hombres, ofreciéndose a todos, atrayendo hacia sí todas las cosas, inspirando, aspirando, protegiendo de lo dañino, favoreciendo lo beneficioso, uniendo a Dios con nosotros y a nosotros con Dios (del tratado de Guillermo, abad del monasterio de San Teodorico, Sobre la contemplación de Dios 9-11; SC 61, 90-96).


ACTIO


Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Está escrito en el libro que cumpla tu voluntad» (Sal 39,8b-9a).





PARA LA LECTURA ESPIRITUAL


Con cada hombre viene al mundo un ser nuevo que no ha existido nunca, alguien original y único. «Cada israelita está obligado a reconocer y considerar que es único en el mundo, que jamás ha existido nunca ningún hombre idéntico a él: si ya hubiera existido un hombre idéntico, no tendría sentido su existencia. Cada persona es diferente y debe realizar su propio ser

Que esto no suceda es lo que retrasa la llegada del Mesías.»

Todos están llamados a desarrollar y realizar personalmente esta unicidad e irrepetibilidad, y a no volver a repetir más lo ya realizado por otro, por muy grande que fuese ésta persona.

Ya viejo, el sabio Rabí Bunam dijo un día: «No me cambiaría por el padre Abrahán. ¿Qué le reportaría a Dios si el patriarca Abrahán se convirtiera en el ciego Bunam y el ciego Bunam en Abrahán?». La misma idea ha sido expresada con mayor agudeza por el Rabí Sussja, quien a punto de morir exclamó: «En la vida futura no me preguntarán: "¿Por qué no has sido Moisés?";

me preguntarán: “. ¿Porque no has sido Sussja?"».

Estamos ante una enseñanza basada en la inigualdad natural de las personas y la imposibilidad, por tanto, de hacerlas iguales. Todos los hombres tienen acceso a Dios, pero cada uno tiene una senda diferente. La diversidad humana, la diferencia-clon de sus cualidades y tendencias, es la grandeza del genero humano. La universalidad de Dios consiste en la multiplicidad infinita de caminos que conducen hasta él, y cada uno de ellos está reservado a un hombre [...]. Así, el camino a través del cual cada hombre tiene acceso a Dios le viene indicado únicamente por la conciencia de su propio ser, por el conocimiento de su especificidad y la singularidad de su existencia. «En cada persona hay algo único que no existe en ninguna otra» (M. Buber, II cammino dell'uomo, Magnano 1990, 27-29).

Comentarios

Entradas populares de este blog

NOVENA COMPLETA A SANTA CLARA DE ASÍS.

TRIDUO EN HONOR A SAN FRANCISCO: Primer día

La Cruz que no te va bien ¡Es la tuya!