LECTIO DIVINA DOMINGO DÉCIMO DEL TIEMPO ORDINARIO “A”
LECTIO DIVINA
DOMINGO DÉCIMO DEL TIEMPO ORDINARIO “A”
LECTIO
PRIMERA LECTURA
Yo quiero amor y no sacrificios.
Del libro del profeta Oseas: 6, 3-6
Esforcémonos por conocer al Señor; tan cierta como la aurora es su aparición y su juicio surge como la luz; bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia de primavera que empapa la tierra.
“¿Qué voy a hacer contigo, Efraín? ¿Qué voy a hacer contigo, Judá? El amor de ustedes es como nube mañanera, como rocío matinal que se evapora. Por eso los he azotado por medio de los profetas y les he dado muerte con mis palabras. Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos”.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Ciertamente, entre los profetas, Oseas es quien más claramente ha proclamado el amor misericordioso de Dios (2,13; 11,9), aunque no es el único. y de la misma forma, el profeta mantiene que nuestra respuesta debe corresponderse con el amor de Dios, una respuesta impregnada siempre de misericordia. Dos son los aspectos del mensaje profético -el aspecto divino y el aspecto humano-, y ambos son inseparables. Con esta luz debe ser leída e interpretada esta página. Si por un lado Dios siempre es fiel a su amor misericordioso -«Él ha desgarrado y él nos curará; él ha herido y él vendará nuestras heridas»: vv. 1ss-, por el otro, en cambio, el amor del pueblo es incierto y huraño, «como nube mañanera, como rocío que pronto se disipa» (v. 4).
La nota final de la profecía es polémica e insiste en la misma idea, un concepto común con otros profetas (cf, por ejemplo, ls 1,10-20): a Dios no le agradan ayunos y sacrificios si éstos no están acompañados de una auténtica conversión a él, si esta conversión no se traduce concretamente en actos compasivos y fraternales de ayuda al prójimo.
SEGUNDA LECTURA
Su fe se robusteció y dio con ello gloria a Dios.
De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 4, 18-25
Hermanos: Abraham, esperando contra toda esperanza, creyó que habría de ser padre de muchos pueblos, conforme a lo que Dios le había prometido: Así de numerosa será tu descendencia.
Y su fe no se debilitó a pesar de que a la edad de casi cien años, su cuerpo ya no tenía vigor, y además, Sara, su esposa, no podía tener hijos. Ante la firme promesa de Dios no dudó ni tuvo desconfianza, antes bien su fe se fortaleció y dio con ello gloria a Dios, convencido de que él es poderoso para cumplir lo que promete. Por eso, Dios le acreditó esta fe como justicia.
Ahora bien, no sólo por él está escrito que “se le acreditó”, sino también por nosotros, a quienes se nos acreditará, si creemos en aquel que resucitó de entre los muertos, en nuestro Señor Jesucristo, que fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
¿Cómo es posible comprender el mensaje paulino de la salvación por la fe independientemente de las obras de la Ley? (cf 3,28 y el comentario a la segunda lectura del domingo pasado). Fijándonos en Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien la fe le fue tenida en cuenta para la salvación (4,9ss) no después, sino antes, de la circuncisión (considerada por Pablo «obra de la Ley»).
De la misma forma, la promesa de convertirse en heredero de un gran pueblo le fue hecha a Abrahán antes de prestarle obediencia a Dios (Gn 22,1-12 en relación a Gn 12,2ss; 15,1-6): sólo fue sustentado por la fe. Y aunque la promesa auguraba realidades humanamente increíbles (como el nacimiento de un hijo con Sara, la anciana), Abrahán «contra toda esperanza tuvo fe» (v. 18).
En esta página paulina la relación fe-promesa es estrechísima y encuentra su plena confirmación en Abrahán, y esto también vale para nosotros (v. 24) si verdaderamente creemos en otro acontecimiento humanamente imposible, la resurrección de Jesús de entre los muertos.
Es de dominio común que Pablo no tardará en decir que quien cree en Jesús muerto y resucitado siente la necesidad de vivir conforme a lo que cree (Rom 6,1-4).
EVANGELIO
No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
Del santo Evangelio según san Mateo: 9, 9-13
En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.
Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?”. Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Este relato evangélico es autobiográfico: Mateo está hablando de sí mismo, cuenta su vocación y, a su vez, el sentido profundo de la misma.
Sorprende, sobre todo, el carácter imprevisible de su conversión (v. 9): en cuanto Jesús le llama, Mateo se levanta y le sigue. Seguidamente, todo sucede de manera provocadora: Jesús se sienta a la mesa con gente impura, contraviniendo las más elementales prescripciones rabínicas y acarreándose las críticas de los fariseos (v. 11).
Pero es esto precisamente lo que está en el corazón del Maestro: introducir a sus discípulos en la inteligencia y en la aceptación de la novedad evangélica (vv. 12ss).
Esta novedad se transparenta en dos detalles: las palabras finales de Jesús y la cita de Os 6,6, justo la que hemos desgranado como primera lectura de esta liturgia. Las palabras de Jesús -«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos...; yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores»- ocultan, y es un decir, la experiencia de Mateo y describen con exactitud la verdadera naturaleza de la misión de Jesús.
La cita del profeta Oseas, con la que Jesús se dirige a los fariseos para que aprendan cómo se lee el Antiguo Testamento y cuál es su mensaje central, confirma que, a pesar de la diferencia en el tiempo, Dios mantiene y propone siempre el mismo método, el del amor misericordioso.
MEDITATIO
A menudo, la experiencia de la salud y de la enfermedad nos acompaña a lo largo de nuestra vida; por lo tanto, no es difícil entender y sopesar las palabras con las que Jesús describe su misión. Él se presenta como el médico celeste, como el liberador del pecado. Prestemos atención: la imagen médica nos remite a la realidad histórica, la liberación de los pecadores, y ésta realidad queda descrita mediante aquella. Según Mt 8,16ss, Jesús nos ha liberado experimentando él mismo la enfermedad, enfermo con los enfermos: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Is 53,4). Jesús es al mismo tiempo médico y enfermo, pastor y cordero, docente y obediente, señor y esclavo, rey y siervo.
En la tensión reinante entre los dos términos de cada binomio está toda la vida, toda la historia, toda la solicitud, toda la espiritualidad de Jesús y el misterio pascual que ha vivido en cada instante de su vida terrena. Ésta ha sido la experiencia de Abrahán y también es la nuestra.
ORATIO
¡Señor Jesús, tú eres mi médico celeste! Tú estás cerca de mí, conoces todas mis debilidades y todas mis energías espirituales. Ayúdame a superar las primeras y a tener en cuenta las segundas.
¡Señor Jesús, tú eres mi libertador! Te has hecho cargo de mis pecados e infidelidades, has cuidado de esta débil criatura. Ayúdame a despegarme de los ídolos que me seducen y a confiar sólo en ti.
¡Señor Jesús, tú eres para mí la revelación del amor misericordioso del Padre! Te has hecho pequeño y pobre para que yo pudiera parecerme a ti. Ayúdame a ser pequeño con los pequeños para mostrarles el tamaño de tu corazón. Ayúdame a ser pobre con los pobres para manifestarles las riquezas de tu persona.
CONTEMPLATIO
En todo momento, tu corazón y tu boca deben meditar la sabiduría, y tu lengua proclamar la justicia; siempre debes llevar en el corazón la ley de tu Dios. Por esto, te dice la Escritura: «Háblales de ellas estando en casa oyendo de viaje, acostado o levantado» (Dt 6,7). Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque él es la sabiduría, él es la palabra, y Palabra de Dios.
Porque también está escrito: «Abre tu boca a la Palabra de Dios». Por él anhela quien repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos siempre de él. Si hablamos de sabiduría, él es la sabiduría; si de virtud, él es la virtud; si de justicia, él es la justicia; si de paz, él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la reconciliación, él es todo esto.
Está escrito: «Abre tu boca a la Palabra de Dios». Tú ábrela, que él habla. En este sentido dijo el salmista: «Vaya escuchar lo que dice el Señor» (cf Sal 85,9), y el mismo Hijo de Dios dice: «Abre tu boca, que te la llene» (Sal 81,11). Pero no todos pueden percibir la sabiduría en toda su perfección, como Salomón o Daniel; a todos, sin embargo, se les infunde, según su capacidad, el espíritu de sabiduría, con tal de que tengan fe. Si crees, posees el espíritu de sabiduría.
Por esto, medita y habla siempre las cosas de Dios, «estando en casa» (Dt 6,7). Por la palabra «casa» podemos entender la Iglesia o, también, nuestro interior, de modo que hablemos en nuestro interior con nosotros mismos. Habla con prudencia, para evitar el pecado, no sea que caigas por tu mucho hablar. Habla en tu interior contigo mismo como quien juzga. Habla cuando vayas de camino, para que nunca dejes de hacerlo. Hablas por el camino si hablas en Cristo, porque Cristo es el camino. Por el camino, háblate a ti mismo, habla a Cristo. Cuando te levantes, habla también de él, y cumplirás así lo que se te manda. Fíjate cómo te despierta Cristo. Tu alma dice: «¡Un silbo! Es mi amado que llama», y Cristo responde: «Ábreme, hermana mía, amada mía» (Cant 5,2). Ahora ve cómo despiertas tú a Cristo. El alma dice: «Yo os conjuro, muchachas de Jerusalén... no molestéis, ni despertéis a mi amor» (Cant 3,5). El amor es Cristo (Ambrosio de Milán, Comentario al Salmo 36,65-66).
ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Quiero amor, no sacrificios» (Os 6,6).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
La auténtica solicitud, la verdadera disponibilidad, excluye la indiferencia y es el polo opuesto de la apatía. Etimológicamente, la palabra inglesa care, «cura», deriva del gótico Kara, que significa «lamento». El significado primero de care es afligirse, sentir dolor, compartir el grito doloroso del otro. El sustrato del término care me golpea profundamente, porque nosotros tendemos a considerar la solicitud como la actitud del fuerte respecto al débil, del poderoso frente al menesteroso, del rico ante el pobre. Antes de intentar hacer algo para aliviar el dolor ajeno comprobamos que nos resulta incómodo hacer nuestro el dolor del otro.
Cuando nos preguntamos francamente quiénes son para nosotros las personas más importantes y significativas en nuestras vidas, descubrimos que no son, precisamente, las que nos han dado buenos consejos o nos han ofrecido soluciones o remedios, sino, sobre todo, aquellas que han compartido nuestro dolor y han tocado nuestras heridas con mano sensible y cariñosa. El amigo que sabe estar cercano en los momentos de dolor o angustia, el amigo que sabe aceptar sin entender, sin encontrar remedio, el amigo que sabe mirar con nosotros la realidad de nuestra impotencia: éste es verdaderamente el solícito, quien se hace cargo del otro [...].
No sólo somos propensos a rehuir las realidades dolorosas, sino que tratamos de modificarlas lo más rápidamente posible. Sin embargo, la solicitud que no sea diligente y compartida nos transforma en individuos dominantes, controladores y manipuladores; nos hace impacientes, nos incapacita para compartir el peso de los otros (H. J. M. Nouwen, Forza dalla solitudine, Brescia 1998, 34-37).

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