LECTIO DIVINA SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI

LECTIO DIVINA SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI




LECTIO

PRIMERA LECTURA

Te di un alimento que ni tú ni tus padres conocían.


Del libro del Deuteronomio: 8, 2-3. 14-16


En aquel tiempo, habló Moisés al pueblo y le dijo “Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para ponerte a prueba y conocer si ibas a guardar sus mandamientos o no.

Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.

No sea que te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto y de la esclavitud; que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, lleno de serpientes y alacranes; que en una tierra árida hizo brotar para ti agua de la roca más dura, y que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres”.


Palabra de Dios

R./ Te alabamos Señor


Recordar el camino del desierto ayuda a vivir con intensidad y con perspectiva la situación presente. La condición de desierto, con sed de agua y de sentido, acompaña siempre al hombre peregrino. La tierra fértil está en continuo trance de perderse. El maná es una realidad tangible y una promesa. El hambre de pan y de sentido acusa la carencia y provoca la búsqueda. Al que busca se le da un sustento de sorpresa, gratuito: es el que sacia toda el hambre.


SEGUNDA LECTURA

El pan es uno y los que comemos de ese pan formamos un solo cuerpo.


De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 10, 16-17


Hermanos: El cáliz de la bendición con el que damos gracias, ¿no nos une a Cristo por medio de su sangre? Y el pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su cuerpo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.


Palabra de Dios. 

R./ Te alabamos, Señor.


«La copa de bendición.» Nos hallamos ante una frase ya consagrada, procedente del judaísmo. Estas palabras eran la expresión más elevada para designar la cena pascual. A lo largo de la comida ritual, que se prolongaba varias horas, se escanciaban cuatro veces las copas. La más importante de todas ellas era la tercera, porque era entonces cuando el padre de familia o el que presidía la mesa pronunciaba la oración de acción de gracias o de bendición. Estaba, pues, por lo mismo, adornada con guirnaldas. En épocas posteriores se cerraron también de parecida manera, con oración de acción de gracias y con una «copa de bendición», otros banquetes solemnes. El hecho de que Pablo pueda dar por conocida esta práctica, es un indicio seguro de que ya la primitiva Iglesia de dentro y de fuera de Palestina había hecho suyo este lenguaje para designar con él la eucaristía.

«...que bendecimos». ¿Para qué esta reduplicación? ¿Tal vez para distinguir el cáliz cristiano de las copas de los judíos y acaso también de las de los paganos? No es indispensable ver en esta frase una alusión a las palabras de la consagración; pero con estas breves sentencias no se significa prácticamente nada más -y nada menos- que la oración eucarística de la Iglesia, con la que ella hace lo que el Señor ya hizo: «dar gracias (bendiciendo)». El hecho de que aquí no diga eukharistoumen, sino eulogoumen, apenas establece diferencias. Ambos vocablos se usaron durante mucho tiempo con el mismo significado. Aquí estaba más indicado el segundo, dada la expresión ya acuñada: copa de bendición (eulogia).

«¿No es participación en la sangre de Cristo?» Mediante el acto de la bendición eucarística, el contenido del cáliz se ha convertido en la sangre de Cristo. Esta copa es, para todos los que beben de ella, participación en la sangre de Cristo. Acaso podría decirse algo más: participación comunitaria, comunión con alguien mediante la participación en algo. Muchas traducciones dicen aquí: «comunión en el cuerpo de Cristo». Por mucho que se pretenda hoy día dar preferencia al concepto de comunión, en razón de su contenido personal, la verdad es que no ofrece una buena conexión lógica con la «sangre de Cristo». Es bien cierto que al beber la sangre de Cristo se establece la comunión con Cristo. Pero lo que aquí aparece en primer término, lo que sucede sacramentalmente -es decir, de modo visible- es algo objetivo, es «un tener parte en». Para Pablo lo espiritual personal era tan evidente que no necesitaba acentuarse.

«El pan que partimos ¿no es tener parte en el cuerpo de Cristo?» Existe un paralelismo innegable entre este versículo y el precedente. «Partir el pan» no es originariamente una designación aplicada en exclusiva al banquete eucarístico. Pero el sentido paralelo parece indicar ya una evolución en este sentido. ¿Por qué se ha puesto primero la afirmación de la copa? Probablemente porque la base de la argumentación enlaza mejor con la frase sobre el pan.

«Porque en un solo pan somos, aunque muchos, un solo cuerpo.» ¡Sorprendente giro! Se hablaba del pan y del cuerpo, del pan que en la celebración eucarística se hace cuerpo de Cristo. Pero ahora, de súbito, se pasa de un cuerpo a otro cuerpo, o mejor dicho, se hace ver que, mediante esta celebración, Cristo no sólo recibe un cuerpo bajo la figura de pan, sino también un cuerpo bajo la forma de comunidad, de Iglesia; más aún, que la forma de pan que toma el cuerpo se ordena propiamente a hacer real y visible la Iglesia como cuerpo de Cristo. Ambas significaciones y realidades del cuerpo se encuentran en el acontecimiento eucarístico, en que, a partir de un pan, los muchos no sólo reciben su parte, sino que, por la recepción de esta parte, se convierten de misteriosa manera en aquel todo que es el cuerpo de Cristo.

Pero el contenido íntimo de unidad del banquete eucarístico había desbordado ya de tal modo la expresión exterior, que el simbolismo de unidad siguió siendo básico aun en los casos en que debían partirse varios panes. Otro de los elementos previos al Apóstol era la idea de que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. Forma parte de la didáctica, probablemente inconsciente, psicologico-retórica, pero excelente, del Apóstol, empezar a mencionar ya desde ahora un tema tan importante como éste.

¿Por qué se recurre al pan, y no a la copa, para exponer estas ideas? Acaso porque la forma sólida del pan hace más sensible y perceptible la forma visible de la comunidad. Si la Iglesia quiere ser verdaderamente el sacramento de la salvación, la señal y el instrumento de la unión con Dios y de unos con otros, es preciso que los creyentes se conozcan entre sí en este sacramento del altar. «En este pan ven lo que son.» «En este pan reciben lo que son.» Innumerables veces ha citado el gran doctor de la Iglesia, Agustín, este versículo cuando explicaba este sacramento, porque responde a un aspecto de la eucaristía que revestía gran interés en aquel ambiente de sus controversias contra los que, en su época, dividían la Iglesia. Responde también al fruto de que la Iglesia de nuestros tiempos se halla más necesitada para el crecimiento y la autenticidad tanto de su vida interior como de su testimonio eficaz ante el mundo.


EVANGELIO

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.


Del santo Evangelio según san Juan: 6, 51-58


En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”.

Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.


Palabra del Señor. 

R./ Gloria a ti, Señor Jesús.


Y este pan hasta aquí aludido encuentra de pronto su concreción: "Yo soy el pan vivo que bajó del cielo." Antes (v.48) se definió como el "Pan de vida," acusando el efecto que causaría su manducación en el alma; ahora se define por la naturaleza misma viviente: tiene en sí mismo la vida (Jn 5:26).

Y la tiene, porque ese pan es el mismo Cristo, que "bajó" del cielo en la encarnación, cuyo momento histórico en que se realizó esa bajada se acusa por el aoristo (v.51). Es el verbo que tomó carne. Y al tomarla, es pan "vivo." Porque es la carne del Verbo, en quien, en el "principio," ya "estaba la vida" (Jn 1:4) que va a comunicar a los seres humanos.

Si ese pan es "viviente," no puede menos de conferir esa vida y vivificar así al que lo recibe. Y como la vida que tiene y dispensa es eterna, se sigue que el que coma de este pan "vivirá para siempre." El tema, una vez más, se presenta, según la naturaleza de las cosas, "sapiencialmente," sin considerarse posibles defecciones que impidan o destruyan en el sujeto esta vida eterna (Jn 15:1-7).

Y aún se matiza más la naturaleza de este pan: "Y el pan que yo os daré es mi carne, en provecho (υπέρ) de la vida del mundo." 40

Al hablarles antes del "Pan de vida," que era asimilación de Cristo por la fe, se exigía el "venir" y el "creer" en El, ambos verbos en participio de presente, como una necesidad siempre actual (v.35); pero ahora este "Pan de vida" se anuncia que él lo "dará" en el futuro. Es, se verá, la santa Eucaristía, que aún no fue instituida. Un año más tarde de esta promesa, este pan será manjar que ya estará en la tierra para alimento de los seres humanos. Con ello se acusa la perspectiva eclesial eucarística.

Éste "pan" es, dice Cristo, "mi carne," pero dada en favor y "en provecho (υπέρ) de la vida del mundo." Este pasaje es, doctrinalmente, muy importante.

Se trata, manifiestamente, de destacar la relación de la Eucaristía con la muerte de Cristo, como lo hacen los sinópticos y Pablo. Jn utilizará el término más primitivo y original de "carne" (σάρΕ); heb. = basar; aram. = bi$m). 40. El que los sinópticos y Pablo usen σώμα "parece estar en los LXX, que generalmente, traducen el hebreo basar (carne) por σώμα (cuerpo)" (A. Wikenhauser).

Si la proposición "vida del mundo" concordase directamente con "el pan," se tendría, hasta por exigencia gramatical, la enseñanza del valor sacrificial de la Eucaristía. Pero "vida del mundo" ha de concordar lógicamente con "mi carne," y esto tanto gramatical corno conceptualmente.

Pero ya, sin más, se ve que esta "carne" de Cristo, que se contiene en este pan que Cristo "dará," es la "carne" de Cristo; pero no de cualquier manera, v.gr., la carne de Cristo como estaba en su nacimiento, sino en cuanto entregada a la muerte para provecho del mundo. "Mi carne en provecho de la vida del mundo" es la equivalente, y está muy próxima de la de Lucas-Pablo: "Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros (a la muerte)" (Lc 22:19; 1 Cor 11:24).

Aquí Cristo no habla de la entrega de su vida (ψυχή; cf. Jn 10:15.17; 15:13), sino de la entrega de su carne" (σαρξ). Podría ser porque se piensa en la participación del cuerpo y sangre en el banquete eucarístico, o porque se piensa en la unidad del sacrificio eucarístico/Calvario.

El pan que Cristo "dará" es la Eucaristía. Y ésta, para Juan, es el pan que contiene la "carne" de Cristo. En el uso semita, carne, o carne y sangre, designa el hombre entero, el ser humano completo. Aquí la Eucaristía es la "carne" de Cristo, pero en cuanto está sacrificada e inmolada "por la vida del mundo" Precisamente el uso aquí de la palabra "carne," que es la palabra aramea que, seguramente, Cristo usó en la consagración del pan, unida también al "pan que yo os daré," es un buen índice de la evocación litúrgica de la Eucaristía que Juan hace con estas palabras.

Si por una lógica filosófica no se podría concluir que por el solo hecho de contener la Eucaristía la "carne" de Cristo inmolada no fuese ella actualmente verdadero sacrificio, esto se concluye de esta enseñanza de Juan al valorar esta expresión tanto en el medio ambiente cultual judío como grecorromano.

En este ambiente, la víctima de los sacrificios se comía, y por el hecho de comerla se participaba en el sacrificio del que procedía. Si las viandas eran carnes, se participaba en un sacrificio de animales, puesto que lo que se comía era precisamente la misma carne sacrificada. Si lo que se ha de comer es la carne de Cristo, pero eucaristiada, es que esta carne eucaristiada es la carne de un sacrificio eucarístico. No es otra la argumentación de San Pablo para probar el valor sacrifical de la Eucaristía (1 Cor 10:18-21). Así se ve que, con esta frase, Jn enseña el valor sacrifical de la Eucaristía. "El punto de vista sacrifical es evocado sin ambigüedad (por Juan) por la fórmula "mi carne por la vida del mundo," tan próxima de la fórmula eucarística paulina: "Esto es mi cuerpo por vosotros" (1 Cor 11:24) 41.

En esta proposición se enseña también el valor redentivo de la muerte de Cristo, y con la proyección universal de ser en provecho de la "vida del mundo."

Ante la afirmación de Cristo de dar a comer un "pan" que era precisamente su "carne," los judíos no sólo susurraban o murmuraban como antes, al decir que "bajó" del cielo (v.41), sino que, ante esta afirmación, hay una protesta y disputa abierta (έμάχοντο), acalorada y prolongada "entre ellos," como lo indica la forma imperfecta en que se expresa: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" Esto sugiere acaso, más que un bloque cerrado de censura, el que unos rechazasen la proposición de comer ese pan, que era su "carne," como absurda y ofensiva contra las prescripciones de la misma Ley, por considerársela con sabor de antropofagia, mientras que otros pudiesen opinar (Jn 6:68), llenos de admiración y del prestigio de Cristo, el que no se hubiesen entendido bien sus palabras, o que hubiese que entenderlas en un sentido figurado y nuevo, como lo tienen en el otro discurso (Jn 7:42.43; 10:19-21).

Preguntaban despectivamente el "cómo" podía darles a comer su "carne." ¡El eterno "cómo" del racionalismo!

Ante este alboroto, Cristo no sólo no corrige su afirmación, la atenúa o explica, sino que la reafirma, exponiéndola aún más clara y fuertemente, con un realismo máximo. La expresión se hace con la fórmula introductoria solemne de "en verdad, en verdad os digo." El pensamiento expuesto con el ritmo paralelístico, hecho sinónimo una vez, antitético otra, e incluso sintético, está redactado así:

 

53"Si no coméis (φάγητε) la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come (τρώγων) mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. 55 Porque mi carne es comida verdadera, y mi sangre es bebida verdadera."

 

La doctrina que aquí se expone es: 1) la necesidad de comer y beber la carne y sangre de Cristo; 2) porque sin ello no se tiene la "vida eterna" como una realidad que ya está en el alma (Jn 4:14.23), y que sitúa ya al alma en la "vida eterna"; 3) y como consecuencia de la posesión de la "vida eterna," que esta comida y bebida confieren, se enseña el valor escatológico de este alimento, pues exigido por él, por la "vida eterna" por él conferida, Cristo, a los que así hayan sido nutridos, los resucitará en el cuerpo "en el último día."

Por eso, en este sentido, la Eucaristía es "un sacramento escatológico" (Vawter).

La enseñanza trascendental que aquí se hace es la de la realidad eucarística del cuerpo y sangre de Cristo como medio de participar en el sacrificio de Cristo: necesidad absoluta para el cristiano. Sacrificio que está y se renueva en esta ingesta sacrificial eucarística.

Y acaso esta sección tenga un valor polémico contra los judeo-cristianos, que repugnaban, conforme a la mentalidad del A.T., beber la "sangre" de Cristo (Act 15:20.29).

 

Una síntesis de las razones que llevan a esto es la siguiente:

1) Si se toman las expresiones "comer carne" y "beber sangre" en un sentido metafórico ambiental, significan, la primera, injuriar a uno (Sal 27:2; Miq 3:1-4, etc.), y la segunda, ser homicida, por el concepto semita de que en la sangre estaba la vida (Lev 17:11, etc.).

2) Si se supusiese un sentido metafórico nuevo, éste sólo puede darlo a conocer el que lo establece, y Cristo no lo hizo. Por ello, los contemporáneos tenían que entenderlo en un sentido realístico, que es lo que hacen los cafarnaítas, pensando que se tratase de comer su carne sangrante y partida y beber su sangre; pero todo ello en forma antropofágica. Por lo que lo abandonan. Pero, como Cristo no da ese sentido nuevo, y en un sentido metafórico ambiental no pueden admitirlo, se seguiría — por un error invencible — , de no ser esta enseñanza eucarística, que Cristo sembraba la idolatría entre los suyos.

3) La redacción del pasaje es de un máximo realismo. Tan claras fueron las palabras, que los cafarnaítas se preguntaron cómo podría darles a "comer su carne." "Si Cristo hubiese querido hablar tan sólo de la necesidad de la fe en El, no pudo usar metáforas menos aptas: para expresar una cosa sencilla, recurre a expresiones oscuras, imposibles de entenderse. Si las palabras se entienden de la Eucaristía, todas son claras y evidentes." 42

Pero, al mismo tiempo, el evangelista lo expresa con un climax de realismo progresivo. Primero expresa la necesidad de "comer" esta carne de Cristo con un verbo griego que significa comer en general (έσθι'ω, φάγητε; ν.53); pero luego, cuando los judíos disputan sobre la posibilidad de que les dé a comer su "carne," a partir del"paralelismo" positivo de la respuesta (v.54), reitera la necesidad de esto, y usa otro verbo (τρώγω), que significa, en todo su crudo realismo, masticar, ese crujir que se oye al triturar la comida. Es expresión de un máximo realismo, aunque sin tener matiz ninguno peyorativo 43. "La misma cosa es repetida positivamente con la palabra trógon, masticar, crujir; no por variar de estilo, sino para evitar de raíz toda escapatoria simbolista." 44

Efectivamente, en los v.53.54.55 se ve una progresión manifiesta en la afirmación del realismo eucarístico. No sólo en cada uno de ellos se dice o repite esto, sino que se repite con una. progresión en la afirmación clara de esta comida eucarística, manteniéndose luego este término, máximamante realista, en las repetidas ocasiones en que se vuelve a hablar de "comer" en este discurso del "Pan de vida."

A este realismo viene a añadirse explícitamente la negación de un valor metafórico. Pues se dice: Mi carne es comida verdadera (αληθής), y mi sangre es bebida verdadera (αληθής); y una comida y bebida verdaderas son todo lo opuesto a una comida y bebida metafóricas.

4) Esta interpretación necesariamente eucarística tenían que dársela los lectores a quienes iba desuñado el evangelio de Jn.

Compuesto éste sobre el año 90-100, ya la Eucaristía era vivida, como el centro esencial del culto, en la "fractio pañis." Comer el cuerpo de Cristo, beber su sangre, no podía ser entendida ya en otro sentido que en el eucarístico. Cuando San Pablo habla de la Eucaristía a los de Corinto, sobre el año 56, habla de ella casi por alusión, dando por supuesto que es algo evidente para ellos. "El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?" (1 Cor 10:16ss).

Esta misma interpretación la supone y exige la doctrina de la institución eucarística relatada por los sinópticos. La evidente adecuación entre el relato de Jn, "promesa" de la Eucaristía, y la institución de ésta, en los sinópticos, exige interpretar eucarísticamente el pasaje de Jn.

5) El concilio de Trento definió de fe que, con las palabras "Haced esto en memoria mía" (Lc 22:19), Cristo instituyó sacerdotes a los apóstoles, y ordenó que ellos y los otros sacerdotes realizasen el sacrificio eucarístico 45. Por eso, esta adecuación entre la "promesa" y la "institución" exige, basada en un dato de fe, la interpretación eucarística del pasaje de Jn.

6) Aparte de que se haya de tener presente el posible valor redaccional de este "discurso," como una haggadah eucarística de tipo litúrgico pascual.

 

Como verdadera comida y bebida que son la carne y la sangre eucarísticas de Cristo, producen en el alma los efectos espirituales del alimento. "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él." El verbo griego (μένω) que aquí se usa para expresar esta presencia de Cristo en el alma, la unión de ambos, tiene en los escritos de Jn el valor, no de una simple presencia física, aunque eucarística, sino el de una unión y sociedad muy estrecha, muy íntima (Jn 14:10.20; 15:4.5; 17:21; 1 Jn 3:24; 4:15.16). Este es el efecto eucarístico en el alma: así como el alimento se hace uno con la persona, así aquí la asimilación es a la inversa: el alma es poseída por la fuerza vital del alimento eucarístico.

"Así como me envió el Padre vivo, y yo vivo por (ata) el Padre, así también el que me come vivirá por mí."

La partícula griega empleada (δια) por el evangelista puede tener dos sentidos: de finalidad y de causalidad.

En el segundo caso — causalidad — , el sentido es: Así como Cristo vive "por" el Padre, del que recibe la vida (Jn 5:26), así también el que recibe eucarísticamente a Cristo vive "por" Cristo, pues El es el que le comunica, por necesidad, esa vida (Jn 1.16; 15:4-7). "El Padre es la fuente de la vida que el Hijo goza; esta vida, difundiéndose luego a su humanidad, constituye aquella plenitud de que todos hemos de recibir" (Jn 1:16) 46.


MEDITATIO 


Con los textos anteriores hemos querido manifestar la grandeza y la belleza de la union de la entrega sacrifical de Jesucristo y la Eucaristía como alimento que da vida eterna. Somos consciente de que ha sido una exégesis muy larga, pero ¿puede acaso haber exégesis que pueda agotar tan magno misterio? Sin nuda ninguno, por ello, en esta ocasión centrémonos en el misterio y dejémonos ayudar por los textos anteriores para nuestra meditación.


ORATIO


Señor mío Jesucristo, que por amor a los hombre estás noche y día en este sacramento, lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a cuantos vienen a visitarte: creo que estás presente en el sacramento del altar. Te adoro desde el abismo de mi nada y te doy gracias por todas las mercedes que me has hecho, y especialmente por haberte dado tu mismo en este sacramento, por haberme concedido por mi abogada a tu amantísima Madre y haberme llamado a visitarte en este iglesia.

Adoro ahora a tu Santísimo corazón y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en acción de gracias por este insigne beneficio; en segundo lugar, para resarcirte de todas las injurias que recibes de tus enemigos en este sacramento; y finalmente, deseando adorarte con esta visita en todos los lugares de la tierra donde estás sacramentado con menos culto y abandono. (Oración de San Alfonso María Ligorio).


CONTEMPLATIO


SECUENCIA


Al Salvador alabemos,

que es nuestro pastor y guía.

Alabémoslo con himnos

y canciones de alegría.


Alabémoslo sin límites

y con nuestras fuerzas todas;

pues tan grande es el Señor,

que nuestra alabanza es poca.


Gustosos hoy aclamamos

a Cristo, que es nuestro pan,

pues él es el pan de vida,

que nos da vida inmortal.


Doce eran los que cenaban

y les dio pan a los doce.

Doce entonces lo comieron,

y, después, todos los hombres.


Sea plena la alabanza

y llena de alegres cantos;

que nuestra alma se desborde

en todo un concierto santo.


Hoy celebramos con gozo

la gloriosa institución

de este banquete divino,

el banquete del Señor.


Ésta es la nueva Pascua,

Pascua del único Rey,

que termina con la alianza

tan pesada de la ley.


Esto nuevo, siempre nuevo,

es la luz de la verdad,

que sustituye a lo viejo

con reciente claridad.


En aquella última cena

Cristo hizo la maravilla

de dejar a sus amigos

el memorial de su vida.

Enseñados por la Iglesia,

consagramos pan y vino,

que a los hombres nos redimen,

y dan fuerza en el camino.


Es un dogma del cristiano

que el pan se convierte en carne,

y lo que antes era vino

queda convertido en sangre.


Hay cosas que no entendemos,

pues no alcanza la razón;

mas si las vemos con fe,

entrarán al corazón.


Bajo símbolos diversos

y en diferentes figuras,

se esconden ciertas verdades

maravillosas, profundas.


Su sangre es nuestra bebida;

su carne, nuestro alimento;

pero en el pan o en el vino

Cristo está todo completo.


Quien lo come, no lo rompe,

no lo parte ni divide;

él es el todo y la parte;

vivo está en quien lo recibe.


Puede ser tan sólo uno

el que se acerca al altar,

o pueden ser multitudes:

Cristo no se acabará.


Lo comen buenos y malos,

con provecho diferente;

no es lo mismo tener vida

que ser condenado a muerte.


A los malos les da muerte

y a los buenos les da vida.

¡Qué efecto tan diferente

tiene la misma comida!


Si lo parten, no te apures;

sólo parten lo exterior;

en el mínimo fragmento

entero late el Señor.


Cuando parten lo exterior,

sólo parten lo que has visto;

no es una disminución

de la persona de Cristo.


*El pan que del cielo baja

es comida de viajeros.

Es un pan para los hijos.

¡No hay que tirarlo a los perros!


Isaac, el inocente,

es figura de este pan,

con el cordero de Pascua

y el misterioso maná.


Ten compasión de nosotros,

buen pastor, pan verdadero.

Apaciéntanos y cuídanos

y condúcenos al cielo.


Todo lo puedes y sabes,

pastor de ovejas, divino.

Concédenos en el cielo

gozar la herencia contigo. 

Amén.


ACTIO

Repite con frecuencia y aprende la siguiente oración que recitaba San Francisco de Asís:


Te adoramos, Señor Jesucristo,
aquí y en todas las iglesias del mundo,
y te bendecimos,
porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Amén.

PARA LECTURA ESPIRITUAL


El Cuerpo del Señor 

"Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie llega al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais, por cierto, también a mi Padre; y desde ahora lo conoceréis y lo habéis visto. Felipe le dice: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: Tanto tiempo llevo con vosotros; ¿y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14, 6-9). El Padre habita en una luz inaccesible (1Tim 6,16) y Dios es espíritu (Jn 4,24) y a Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). Y no puede ser visto sino en el espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no es de provecho en absoluto (Jn 6,63). Ni siquiera el Hijo es visto por nadie en lo que es igual al Padre, de forma distinta qua el Padre, de forma distinta que el Espíritu Santo. Por eso, todos los que vieron según la humanidad al Señor Jesús y no lo vieron ni creyeron, según el espíritu y la divinidad, que él era el verdadero Hijo de Dios, quedaron condenados; del mismo modo ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por manos del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven ni creen, según el espíritu y la divinidad, que es verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, están condenados, como atestigua el Altísimo mismo, que dice: Esto es mi cuerpo y la sangre de mi nuevo testamento (Mc 14, 22.24); y: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (Jn 6,55). Así, pues, es el espíritu del Señor, que habita en sus fieles, el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. Todos los otros, que no participan de ese mismo espíritu y presumen recibirlo, se comen y beben su sentencia (1Cor 11,29). 

Por eso, ¡oh hijos de los hombres! ¿hasta cuándo seréis duros de corazón? (Sal 4,3). ¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (Jn 9,35). Ved que diariamente se humilla (Flp 2,8), como cuando desde el trono real (Sab 18,15) descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre (Jn 1,18; 6,38) al altar en manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan consagrado. Y lo mismo que ellos con la vista corporal veían solamente su carne, pero con los ojos que contemplan espiritualmente creían que él era Dios, así también nosotros, al ver con los ojos corporales el pan y el vino, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero.Y de esta manera está siempre el Señor con sus fieles, como él mismo dice. Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (Mt 28,20).” (San Francisco de Asís, Admonición Primera)

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