TRÁNSITO DE SAN FRANCISCO

 TRÁNSITO DE SAN FRANCISCO


INTRODUCCIÓN

 

Hermanas y Hermanos: Sean todos bienvenidos a nuestra liturgia conmemorativa del Tránsito de nuestro Seráfico padre Francisco, a la Casa del Padre. Una vez más nos reunimos en el nombre de Jesucristo, para celebrar la pequeña pascua de San Francisco, como una resonancia humilde y ejemplar de la Pascua de Jesús: el Transito de Francisco el pobre de Asís. 

Que esta celebración renueve nuestro seguimiento radical de Jesús, unidos a la mano fraternal de San Francisco.

Celebrar el 800 aniversario de la Pascua de Francisco de Asís es una invitación a contemplar nuestra historia personal y la de nuestra Familia y comunidad Franciscana con una mirada de fe, que sabe captar la presencia y la acción divinas en todo, incluso en las situaciones difíciles y dramáticas que hemos vivido o debemos vivir en el tiempo presente.

Es una oportunidad para agradecer a Dios por todos los dones que nos ha concedido, en particular por el don de Francisco de Asís y su experiencia evangélica, que se ha convertido en un carisma articulado en variados matices de discipulado y apostolado, y que todavía hoy tiene el poder de interpelar a mujeres y hombres de todas las culturas, dentro y fuera de la Iglesia católica. 

También nos interpela a nosotros, hombre y mujeres de esta pequeña pero amada comunidad, porque Dios nos ha dado como patrono y modelo a nuestro Padre San Francisco.

Cerca de su tránsito, Francisco les dijo a sus hermanos: «”Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios, pues escaso es o poco lo que hemos adelantado”. No pensaba haber llegado aún a la meta (18), y, permaneciendo firme en el propósito de santa renovación, estaba siempre dispuesto a comenzar nuevamente. Le hubiera gustado volver a servir a los leprosos» (1CEL 103).

Celebrar el tránsito del Poverello es una ocasión para recordar que todos estamos llamados a la santidad y que, como él, estamos invitados a reflejar la belleza del Evangelio y de nuestra vocación Cristiana y Franciscana, porque “la santidad es el rostro más bello de la Iglesia”. (Gaudete et exsultate 9).

La Pascua nos recuerda que cada día es una ocasión para recomenzar, para renovar nuestra respuesta a la llamada del Señor que nos envía al mundo entero, como hermanos y hermanas, para dar testimonio de Él con palabras y con obras, a fin de atraer a todos al amor de Dios (cf. Paráfrasis del Padre Nuestro 5).

 

 

CANTO DE ENTRADA: Ven hermano, ven hermana (Puede ser otro)

 

     I.         PROCESIÓN 

·      Entra la procesión con francisco partiendo desde las puertas del templo.

·      Francisco en la camilla, lo van cargando 4 personas. A las orillas, 6 personas llevarán 6 velas grandes, custodiando la procesión (3 de cada lado). 

·      A ser posible, estará un crucifijo de san Damián en el presbiterio (se buscara la manera de que este sea visible a cierta altura que se vea).

·      Hasta el crucifijo llevarán a Francisco (en el lugar que se indique), mientras los demás de la procesión se sientan en los lugares disponibles.

·      Las 4 personas que llevaron a Francisco hasta el crucifijo permanecerán sentados entorno a la camilla.

 

PRESIDENTE

 

En el nombre del Padre... Amén.

 

Hermanos: que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo.

 

OREMOS:

 

Te rogamos, Señor, que la fuerza abrasadora y dulce de tu Amor absorba de tal modo nuestra mente, separándola de todas las cosas, que muramos por amor de tu Amor, ya que por Amor de nuestro amor te dignaste morir.

 

LECTOR 1

 

Cada momento de nuestra vida debe significar y ser un paso hacia nuestra pascua definitiva. En muchas personas se realizó la Pascua de Jesús de forma ejemplar. En otras tantas, desafortunadamente no siempre es así. San Francisco vivió este momento de su tránsito con el mismo espíritu de Jesús, su único Señor, como la total entrega a la voluntad de Dios. Vamos ahora a revivir los últimos pasos del Santo en el tramo final de su vida.

 

LECTOR 2:

 

Era la primavera de 1226. Francisco está en Siena, donde se sometió a una dolorosa operación de oídos. Su precaria salud se debilita alarmantemente. Emprende el retorno a Asís. El obispo Guido lo hospeda en su palacio. Francisco contaba 45 años, pero la austeridad de vida, las enfermedades y, desde hacía dos años, las Santas Llagas, habían extremado su debilidad. Cuando el médico le manifiesta la gravedad de su estado, Francisco responde con serenidad:

 

FRANCISCO:

 

¡Bienvenida, mi hermana muerte!"

 

LECTOR 3:

 

Y suplica que lo trasladen a su querida capilla de la Porciúncula, porque decía que desde una choza se sube mejor al cielo.


LECTOR 1

 

Apoyado en sus compañeros, Francisco baja por las empinadas y tortuosas calles de Asís hacia la ermita de Santa María de los Ángeles. Ya en las afueras Francisco pidió que se detuvieran y lo colocaran de cara a la ciudad de Asís, que sus ojos casi ciegos no alcanzaban a ver. Y alzando con dificultad su mano llagada, bendijo a su ciudad nativa con estas palabras:

 

FRANCISCO:

 

¡Bendita seas del Señor, ciudad santa, ya que por ti se salvarán muchas almas y en ti habitarán muchos siervos de Dios!

 

LECTOR 4

 

Llegados a la Porciúncula, los cuatro compañeros instalaron al Hermano Francisco en la cabaña de la Porciúncula, en pleno bosque, a unos cuatro metros de la capilla de santa María, reparada por sus propias manos. Mandó, pues, que llamasen a todos los hermanos que estaban en el lugar para que vinieran a él, y, alentándoles con palabras de consolación ante el dolor que les causaba su muerte, los exhortó, con afecto de padre, al amor a Dios. Habló largo sobre la paciencia y la guarda de la pobreza, recomendando el santo Evangelio por encima de todas las demás disposiciones. Luego extendió la mano derecha sobre los hermanos que estaban sentados alrededor, y, comenzando por su vicario, la puso en la cabeza de cada uno, y dijo: 

 

FRANCISCO:

 

"Perseveren, hijos todos, en el temor del Señor y permanezcan siempre en Él. Y pues se acercan la prueba y la tribulación, dichosos los que perseveraren en la obra emprendida. Yo ya me voy a Dios; a su gracia los encomiendo a todos"'. 

 

LECTOR 4

 

Como los hermanos lloraban muy amargamente y se lamentaban inconsolables, ordenó el Padre santo que le trajeran un pan. Lo bendijo y partió y dio a comer un pedacito a cada uno. Ordenando asimismo que llevaran el códice de los evangelios, pidió que le leyeran el evangelio según San Juan'. 

 

 

LECTOR 1:

 

Después, Francisco pidió que, por fidelidad a la santa Pobreza, le tendieran desnudo sobre la tierra, pero el hermano Guardián, compadecido, lo exhortó a que por obediencia aceptase el hábito como prestado. El Pobrecillo una vez más obedeció. Cubrió la llaga del costado con la mano izquierda, fue posando lentamente su débil mirada sobre cada uno de los hermanos que le rodeaban entristecidos.

 

LECTOR 2

 

Caía la tarde. El recuerdo de la Cena del Señor se avivó en la memoria de Francisco. Pidió que le trajeran un panecillo, lo bendijo, lo fue partiendo en pedazos y entregando un trozo a cada uno. Francisco recuerda la Pasión de Jesús y ruega que le lean su pasaje predilecto del Evangelio de San Juan.

 

LECTOR 3:

 

Escuchamos este pasaje del Evangelio. Nos ponemos en pie.

 

DÍACONO/SACERDOTE:

 

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN. (13,1-9)

 

DIÁCONO / SACERDOTE: 

 

╬ Lectura del santo evangelio según san Juan 13,1-5.12-17.33-35.

 

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos, y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y, tomando una toalla se la ciñó. Luego echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Después que les lavó los pies y tomó su manto, volvió a la mesa y les dijo:

-¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman «el Maestro» y «el Señor», y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavaros los pies unos a otros. Les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes. En verdad, en verdad les digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía. Sabiendo esto, serán dichosos si lo cumplen. Hijos míos, les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros. En esto conocerán que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros.

 

Palabra del Señor.

 

 

LECTOR 4

 

Vamos ahora a guardar silencio y a reflexionar sobre nuestra actitud a la hora de servir y de ser servido. (Se coloca la jofaina a los pies de Francisco)

 

REFLEXIÓN:

 

Así murió el santo... ¡Así mueren los santos; como han vivido! Hoy como en la noche pascual también podemos exclamar: ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria... dónde tu aguijón...? Y nos llega también, gozosa, la noticia de Pascua: No busquen entre los muertos al que vive. El alma de Francisco ha pasado los umbrales de la gloria, los santos le han salido al encuentro, los ángeles se han llenado de alegría y la Santísima Trinidad le ha dado la bienvenida así: Permanece con nosotros eternamente.

 Con los pies nos erguimos y con los pies caminamos... Lavar los pies significa ayudar al hermano a vivir enderezado y caminar cristianamente... Dejarse lavar los pies por los hermanos evita la autosuficiencia y los individualismos, y hace crecer la comunidad... ¿Es el servicio el valor que guía y dirige nuestra vida? En una sociedad marcada por la prepotencia, la indiferencia y la falta de compasión, necesitamos amarnos unos a otros. La mejor forma de manifestar el amor es sirviéndonos, sirviéndonos gratuitamente, sin esperar nada a cambio, sirviéndonos por el gusto y placer de servir a los demás.

 

CANTO:

 

Un mandamiento nuevo (Opcional)

 

LECTOR:

Lectura de la vida de san Francisco, por Tomás de Celano (1 Cel 109-112)

 

Habían transcurrido ya veinte años desde su conversión. Quedaba así cumplido lo que por voluntad de Dios le había sido manifestado. Había descansado unos pocos días en aquel lugar, para él tan querido; conociendo que la muerte estaba muy cercana, llamó a dos hermanos e hijos suyos preferidos, y les mandó que, espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la muerte que se avecinaba, o más bien, por la Vida que era tan inminente.

 

Y él entonó con la fuerza que pudo aquel salmo de David: «A voz en grito clamo al Señor, a voz en grito suplico al Señor». Entre los presentes había un hermano a quien el Santo amaba con un afecto muy distinguido; era él muy solícito de todos los hermanos; viendo este hecho y sabedor del próximo desenlace de la vida del santo, le dijo: «¡Padre bondadoso, mira que los hijos quedan ya sin padre y se ven privados de la verdadera luz de sus ojos! Acuérdate de los huérfanos que abandonas y, perdonadas todas tus culpas, alegra con tu santa bendición tanto a los presentes cuanto a los ausentes». «Hijo mío -respondió el santo-, Dios me llama. A mis hermanos, tanto a los ausentes como a los presentes, les perdono todas las ofensas y culpas y, en cuanto yo puedo, los absuelvo; cuando les comuniques estas cosas, bendícelos a todos en mi nombre».

 

Mandó luego que le trajesen el códice de los evangelios, y pidió que se le leyera el Evangelio de san Juan desde aquellas palabras: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre...». Ordenó luego que le pusieran un cilicio y que esparcieran ceniza sobre él, ya que dentro de poco sería tierra y ceniza.

Estando reunidos muchos hermanos, de los que él era padre y guía, y aguardando todos reverentes el feliz desenlace y la consumación dichosa de la vida del santo, se durmió en el Señor.

 

Conocido esto, se congregó una gran muchedumbre que bendecía a Dios diciendo: «¡Loado y bendito seas tú, Señor Dios nuestro! ¡Gloria y alabanza a ti, Trinidad inefable!».

 

En alabanza de Cristo y de su siervo Francisco. Amén.

 

 

LECTOR 1:

 

La lectura del pasaje del lavatorio siempre provocaba en Francisco lágrimas de compasión. Ahora, al evocar la muerte de Jesús y sentir tan próxima la suya propia, esboza una dulce sonrisa y habla así a los hermanos:

 

FRANCISCO:

 

No se pongan tristes, hermanos. Ahora que nuestro señor tiene a bien llamarme a su lado, alegrémonos y démosle gracias todos juntos, como hicimos tantas veces durante estos años. Hermano León, ovejita de Dios, comienza a recitar el Cántico de las criaturas, que yo humildemente compuse en la choza de San Damián ¿lo recuerdas, Hermano León?

 

LECTOR 2:

 

Y el sencillo fray León y los demás compañeros, alzando los brazos, comenzaron a desgranar los versos del Cántico del Hermano Sol. Escuchemos. (Se van poniendo objetos que hagan referencia al Cántico)

 

Omnipotente, Altísimo, Bondadoso Señor,

tuyas son las alabanzas, la gloria, y el honor;

tan sólo Tú eres digno de toda bendición

y nunca es digno el hombre de hacer de Ti mención.

 

Loado seas por toda criatura, mi Señor, 

y en especial loado por el hermano sol,

que alumbra y abre el día y es bello en su esplendor,

y lleva por los cielos noticias de su autor. 

 

Y por la hermana luna, de blanca luz menor,

Y las estrellas claras, que tu poder creó 

tan limpias, tan hermosos, tan vivas como son,

y brillan en los cielos, ¡loado, mi Señor!

 

Y por la hermana agua, preciosa en su candor,

que es útil, casta, humilde: ¡loado, mi Señor! 

 

Por el hermano fuego, que alumbra al irse el Sol,

y es fuerte, hermoso, alegre: ¡loado, mi Señor!

 

Y por la hermana tierra que es toda bendición, 

por la hermana madre tierra, que da en toda ocasión

las hierbas y los frutos y flores de color

y nos sustenta y rige: ¡loado, mi Señor!

 

Y por los que perdonen y aguantan por tu amor

los males corporales y la tribulación:

¡felices los que sufren en paz con el dolor,

porque les llega el tiempo de la coronación!

AMÉN.

 

FRANCISCO: No, hermanos; todavía no digan amén. Hermano León, te ruego que escribas los últimos versos que ahora Nuestro Señor se dignó inspirarme.

 

LECTOR 3: Y fray León, con mano temblorosa, escribió estos últimos versos al dictado, de Francisco:

 

FRANCISCO:      

(Se acerca una persona con una túnica blanca representando a la muerte, y con una vela encendida en la mano, al final de la estrofa apaga la vela, como signo de la muerte de Francisco)

 

Y por la hermana muerte: ¡loado, mi Señor! 

Ningún viviente escapa de su persecución;

¡ay si en pecado grave sorprende al pecador! 

¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios! 

¡No probarán la muerte de la condenación!

 

LECTOR 4:

 

Así quedaba terminado el Cántico de las criaturas, Cántico de la Fraternidad Universal, Himno a la Vida, al Amor, a la misma Muerte como parte de esa misma fraternidad, ¡como la última hermana del hombre!

 

LECTOR 1:

 

Se hizo un silencio denso y sereno. El Cántico de las Criaturas parecía resonar en toda la creación con ecos de gratitud hacia su interprete y cantor. Después el mismo Francisco comenzó a recitar el salmo 141. Los hermanos le acompañaron en el rezo. 

La memoria de la muerte feliz de Francisco suscita en nosotros regocijo y esperanza; Francisco quiso proclamar también ese regocijo y esa esperanza al pedir que le cantaran el salmo 141 en el momento de su muerte, palabras que nosotros queremos repetir ahora que aún nos debatimos en los peligros de esta vida.

 

ANTÍFONA: Oh alma santísima, en cuyo tránsito salen a tu encuentro los ciudadanos del cielo, se regocija el coro de los ángeles y la Trinidad gloriosa te invita diciendo: Quédate con nosotros para siempre.

 

Salmo 141

 

CORO 1 A voz en grito clamo al Señor,.      

               a voz en grito suplico al Señor;

              desahogo ante él mis afanes,

              expongo ante él mi angustia,

              mientras me va faltando el aliento.

 

CORO 2 Pero tú conoces mis senderos,

               y que en el camino por donde avanzo

              me han escondido una trampa.

 

 

CORO 1 Mira a la derecha, fíjate:

               nadie me hace caso;

               no tengo a dónde huir,

               nadie mira por mi vida.

 

CORO 2 A ti grito, Señor;

               te digo: «Tú eres mi refugio

               y mi lote en el país de la vida».

 

CORO 1 Atiende a mis clamores,

               que estoy agotado;

               líbrame de mis perseguidores,

               que son más fuertes que yo.

 

CORO 2 Sácame de la prisión,

               y daré gracias a tu nombre:

              me rodearán los justos

             cuando me devuelvas tu favor.

 

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos, de los siglos. Amén

 

 

LECTOR 2:

 

Finalizado el salmo, el rostro de Francisco quedó inmóvil como en actitud contemplativa. Los Hermanos tendieron su cuerpo en el suelo. La choza se fue llenando de un silencio profundo, trascendente. Francisco se durmió en su Señor. Su nueva vida se encendía en el Cielo. Cumplidos en él todos los misterios de Cristo, voló felizmente a Dios.

 

LECTOR 3: Guardamos silencio. (Se apagan las luces)

 

CANTO: A tu encuentro

 

 

 

LECTOR 4:

 

(Se coloca y enciende una antorcha o cirio

 

En nuestra oscuridad surge una luz y a partir de ella, las personas y los objetos adquieren su verdadera forma, luz que da paso a la esperanza, porque Cristo resucitado y el mismo Francisco, convierten nuestra tiniebla en luz, cada luz que se enciende comunica una nueva esperanza porque nos dan la posibilidad de comenzar una nueva vida.

 

De la antorcha o cirio se van encendiendo nuevas luces, las de todos los participantes, pasándose la llama de uno a otro. Mientras cantamos “Sal y luz”.

 

PRESIDENTE:

 

A este Francisco, elevado para siempre a la gloria del cielo, dirigimos nuestro saludo reverente y cariñoso, y nos unimos a las generaciones franciscanas de todos los siglos, proclamando su misma invocación tradicional:

 

TODOS:

 

¡Salve, padre santo, luz de la Patria celeste, modelo de los Menores, espejo de virtud, camino de la justicia, norma de vida! Condúcenos de este destierro terrenal al Reino de los Cielos.

 

LECTOR:

 

Francisco, pobre y humilde, ingresa rico en el cielo.

 

TODOS:  Y es honrado con himnos celestiales.

 

PRECES

 

PRESIDENTE:

 

Seguros de contar en el cielo con la valiosa intercesión del glorioso padre san Francisco, elevamos al Padre, con filial confianza, nuestra oración:

 

R/. Tú eres nuestra vida eterna, ¡omnipotente y misericordioso Salvador!

 

1.    Por cada uno de nuestros Hermanos y Hermanas que sufren enfermedad: para que «por todo den gracias al Creador».

 

R/. Tú eres nuestra vida eterna, ¡omnipotente y misericordioso Salvador!

 

2.    Por todos nosotros, seguidores de Francisco: para que sepamos «gozarnos de convivir con gente de baja condición y despreciada».

 

R/. Tú eres nuestra vida eterna, ¡omnipotente y misericordioso Salvador!

 

3.    Por todos los que nos causan tribulaciones y angustias, e incluso martirio y muerte: para que, a imitación de Jesús, los amemos de verdad.

 

R/. Tú eres nuestra vida eterna, ¡omnipotente y misericordioso Salvador!

 

4.    Para que busquemos por encima de todo «el Reino de Dios y su justicia» y nos renovemos en los valores auténticamente franciscanos.

 

 

R/. Tú eres nuestra vida eterna, ¡omnipotente y misericordioso Salvador!

 

5. Para que, aceptando la muerte como hermana, podamos contarnos un día entre los bienaventurados que gozan de tu presencia.

 

R/. Tú eres nuestra vida eterna, ¡omnipotente y misericordioso Salvador!

 

6.    Para que en nuestra comunidad de María de la Torre que ha sido bendecida con el amor y la protección paternal de nuestro Padre San Francisco podamos vivir en paz y armonía, al servicio de los más necesitados.

 

R/. Tú eres nuestra vida eterna, ¡omnipotente y misericordioso Salvador!

 

 

PRESIDENTE:

 

Santísimo Padre nuestro, reina tú en nosotros por la gracia, y haznos llegar a tu Reino, donde se halla la visión manifiesta de ti, el perfecto amor a ti, tu dichosa compañía, y la fruición de ti por siempre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.  Amén.

 

 

LECTOR 1:

 

Los hermanos, frailes y seglares que habían ido llegando a la Porciúncula, se arrodillaron junto al cuerpo del Santo y rezaron todos el Padrenuestro. Así, lo hacemos también nosotros: Padre nuestro...

 

CANTO: Hazme un instrumento de tu paz / Rosas de Sangre

 

BENDICION SOLEMNE:

 

El Señor los bendiga y los guarde.  

Todos: Amén.

 

Haga brillar su rostro sobre ustedes y les conceda su favor.   

Todos Amén.

 

Vuelva su mirada a ustedes y les conceda la paz. 

Todos: Amén

 

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes. 

Todos: Amén

 

CANTO: Evangelio viviente.

 

 

 

 

 

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