El divorcio del corazón
Reflexión para el VI Domingo del tiempo Ordinario "A"
Sirácida 15,16-21; 1 Corintios 2,6-10; Mateo 5,17-37
Queridos hermanos y hermanas la Liturgia de la Palabra de este Domingo,
Sexto del Tiempo Ordinario, Ciclo “A”, pone delante de nosotros lo esencial a
la vida del ser humano y al mismo tiempo lo que verdaderamente lo conduce a la
muerte. Ciertamente en muchas ocasiones no se trata de una muerte física, sino
moral y espiritual, que dura, aguda, dolorosa y lenta, hasta que nos lanza a la
putrefacción.
Dios nos da oportunidades maravillosas para ser felices, para ser
plenos, para generar en nosotros y en nuestro entorno familiar, laboral,
social, eclesial, las condiciones de vida que vayan siempre en la consecución
del bien, y por lo tanto en la satisfacción que de dicho estilo de vida se
desprende.
El Eclesiástico nos
dice: “Si tú quieres, puedes
guardar los mandamientos, permanecer fiel a ellos es cosa tuya”. Los seres humanos
somos libres, tenemos la posibilidad de escoger entre el bien y el mal; escoger
entre lo que lleva a la vida y lo que lleva a la muerte. Por eso, Dios no es
responsable del mal que existe en el mundo, sino que somos los mismos seres
humanos. De Dios procede sólo el bien. Afirmar la libertad del ser humano, no
significa afirmar la licitud de cualquier comportamiento, ni eliminar el valor
de la ley con los imperativos de conciencia, como son por ejemplo: no hacer
daño a los demás, hacer el bien.
A quienes pensaban ver
en las enseñanzas de Cristo un rechazo a la ley, Él les responde en el
Evangelio de hoy: "No he venido a abolir la ley o
los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud”. Las palabras de Jesús que hoy leemos en el Evangelio,
hablan de la ley moral, expresan el mensaje central del Maestro y su propia
experiencia. Jesús anuncia el amor misericordioso de Dios a toda la humanidad,
Dios nos llama a una vida plena en Él, hecha de amor, de generosidad, de
pobreza, de libertad, de alegría. Solamente en Dios podemos alcanzar la
plenitud de la vida, solamente en Él puede descansar nuestra alma. Jesús mismo
ha vivido plenamente en el Padre y nos da su Espíritu de amor, de pobreza. Acoger
su mensaje comporta una manera nueva de vivir, de decidir, de relacionarnos.
En el Evangelio de este Domingo leemos:
Está mandado: "El que se divorcie de su mujer que le dé acta
de repudio". Pues, yo les digo: "El que se divorcie de su mujer,
excepto en caso de impureza, la induce al adulterio y el que se case con la
divorciada comete adulterio"».
Esta palabra de hoy nos vuelve a proponer el espinoso problema del
divorcio. Pero, yo quisiera en esta ocasión aclarar un aspecto del problema,
ignorado por costumbre. Nosotros tendemos a reducir el problema del divorcio a
su aspecto jurídico y legal sobre todo desde cuando se ha apropiado de él la
política. Divorciarse quiere decir en este caso obtener la separación legal del
cónyuge, vivir un cierto número de años separados, para después si se quiere
ser libres de volverse a casar civilmente.
Pero, en el presente fragmento evangélico Jesús intenta llevar
este y otros mandamientos a su raíz, que es el corazón. Hablando del adulterio
dice: «Han oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo les digo: “El
que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su
interior'».
Ahora bien, al igual como existe un adulterio del corazón también
existe para el Evangelio un divorcio del corazón. Este se puede consumar sin
hacer ninguno de los actos jurídicos antes recordados; simplemente
desenamorándose de la propia mujer o del propio marido, separándose del cónyuge
en lo íntimo para vivir sin amar a nadie o vinculando el propio corazón a otra
persona. Se crea así un muro de separación, no realizado posiblemente con papel
timbrado y con la intervención de abogados, pero, igualmente terrible. Esto
para el Evangelio es ya una forma de divorcio, que se distingue de la otra
forma, la jurídica y legal, sólo porque no es aún definitiva e irrevocable.
Seamos sinceros: incluso entre los creyentes, ¿cuántos, viven
desde hace años en esta forma de divorcio práctico? Cuando entre marido y mujer
no hay ni siquiera el deseo de perdonarse y de reconciliarse, cuando está
establecida la indiferencia o hasta la hostilidad, hay un divorcio de hecho del
corazón. Es un repudio, aunque sin el famoso «libelo», ¡esto es, sin un papel
timbrado! El mandamiento de Dios ya está violado, ya no se es más una sola
carne. Se forma parte de los «divorciados» tanto vale para decirlo claramente.
Se habla mucho de los males terribles del divorcio jurídico: mu-jeres
condenadas a la soledad, hijos comprometidos psicológicamente para siempre por
la cruel necesidad de tener que escoger entre la propia madre y el propio
padre, disputas entre ellos y agitaciones de uno y de otro de los padres. Pero,
¿los daños de este otro divorcio son quizás mucho menores para quien los vive
desde dentro, esto es, para la sociedad y para los hijos?
¡Hay tantos adolescentes descarriados, drogados, violentos, no
adaptados, rebeldes, que no son hijos de divorciados vueltos a casar!; son más
bien hijos de padres que viven bajo el mismo techo pero con el divorcio del
corazón, que litigan permanentemente, se ofenden o se callan obstinadamente,
reduciendo a veces así a la familia, a un infierno. ¿Qué educación se puede dar
a unos hijos con estas condiciones y cómo se puede vivir una vida normal
cristiana? Sin contar, naturalmente, con el sufrimiento indecible, que esta
situación provoca a los mismos cónyuges o al menos a uno de ellos.
La conclusión a conseguir no es decir: entonces, tanto vale
divorciarse incluso legalmente. Sería como matar a un enfermo para curarlo de
una enfermedad grave. El remedio es interrumpir el divorcio del corazón, no
institucionalizarlo. Jesús decía: «Lo que Dios unió no lo separe el hombre»
(Mateo 19,6). Esto significa, sí, que «la ley humana no separe lo que Dios ha
unido»; pero, significa asimismo y antes aún: que el marido no separe de sí a
su mujer y que la mujer no separe de sí a su marido. Que no se le permita al
maligno dividir lo que Dios ha unido.
Conozco casos en que una situación de este tipo se ha interrumpido,
el amor ha vuelto a florecer, el matrimonio ha renacido más dotado de hermosura
que antes, porque por cualquier circunstancia Dios ha vuelto a estar entre el
marido y la mujer; y con él el perdón y la voluntad de volver a comenzar desde
el principio. Una palabra de Dios, que te llega al corazón; un encuentro, que ha
despertado de nuevo la fe y la necesidad de oración; un sufrimiento común, que
ha hecho surgir la solidaridad. Pero, son excepciones. Es necesario decir que
es difícil volver a levantar situaciones, que han llegado a ser viejas, cuando
el corazón ya se ha endurecido. Cuando no
hay capacidad de perdón. Lo que hay que hacer es buscar que lleguen los
remedios a los comienzos, esto es, cuando ambos se dan cuenta de la pendiente
sobre la que se está yendo y se manifiestan las primeras refriegas del peligro.
Es más fácil impedir que el divorcio del corazón se realice que cambiarlo
cuando ya se ha verificado. ¿Cómo? Es necesario liquidar los contrastes, las
incomprensiones y las frialdades cuando nacen. La causa número uno del divorcio
del corazón es el orgullo, la honrilla, el no querer ceder, el no pedir
disculpas, cuando uno se ha equivocado.
Es más, no admitir nunca el haberse equivocado. El matrimonio nace
de la humildad y no puede vivir si no es en la humildad, como los peces no
pueden vivir si no permanecen en el agua en la que han nacido. Cuando un hombre
se enamora y de rodillas (así, al menos, se solía hacer antes) pide la mano de
la muchacha, ; qué hace? Hace el más radical acto de humildad de su vida. Se
hace mendigo. Es como si dijese: «¡Dame tu ser, porque el mío no me basta. Yo
no me basto a mí mismo. Tengo necesidad de ti!» Quizás uno de los motivos, por
los que Dios ha creado a la humanidad macho y hembra, es precisamente el
educarles de tal modo a la humildad. «El hombre, ha escrito el poeta Claudel,
es un ser orgulloso; no había otro modo de hacerle comprender la dependencia,
el compromiso y la necesidad, si no es mediante una ley sobre el de ser
diferente debida al simple hecho de que él existe». El momento mismo de la
intimidad conyugal puede y debe ser vivido como un momento de auténtica
humildad y no de violencia, de posesión o de instrumentalización del otro. Es
como un decir: «Tengo aún necesidad de ti; eres todavía importante para mí».
Una vez casados, desgraciadamente sucede que el orgullo frecuentemente
aflora y se toma su revancha haciendo pagar al propio partner o compañero la
necesidad inicial que se tuvo de él. Con la humillación se ve la capacidad de
perdonarse y con ella la alegría. Se comienza a preguntarse: «¿Por qué debo ser
siempre yo el que ceda?» Sin darse cuenta que es uno solo el que sale
verdaderamente victorioso de todo ello: aquel cuyo nombre, diabolos, significa
el que separa, el que aleja, el que rompe. «Los matrimonios se preparan en el
cielo» dice un proverbio ruso, recordado en Guerra y paz de Tolstoj; yo
añadiría: «Los divorcios se preparan por el contrario en el infierno».
«Maridos, ¿qué han hecho de la mujer de su juventud?» (cfr.
Proverbios 5, 18). «Mujeres, ¿qué han hecho del hombre de su juventud?» Porque
el error, ahora, siempre es menos de una parte sola.
«No se vive en amor sin dolor», dice una célebre máxima de la
Imitación de Cristo de Tomás de Kempis. Y esto vale asimismo para el matrimonio.
No se mantiene vivo el amor sin sacrificios y renuncias, si sólo se piensa en
tener y nunca en dar. En verdad algo cambia en una pareja con dificultades el
día en que cada uno de los dos cónyuges deja de preguntarse: «¿Qué más podría
hacer mi marido o mi mujer que todavía no me hace?» y comienza por el contrario
a preguntarse: «¿Qué más podría yo hacer por mi marido o mi mujer que todavía
no hago?».
Es necesario, sin embargo, convencerse que no bastan los medios
humanos, es necesaria la ayuda de lo alto. Y esto se consigue cultivando la
oración, acercándose juntos a los sacramentos, manteniendo vivo el contacto con
la fuente de todo amor, que es el Espíritu Santo. Aquello que Jesús dice, en
nuestro fragmento evangélico, de todo «hermano» se aplica ante todo al propio
cónyuge:
«Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te
acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu
ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces
vuelve a presentar tu ofrenda».
¡Vete primero a reconciliarte con tu marido o con tu mujer y
después vuelve! En el momento del signo de la paz, a veces, he observado desde
el altar a cónyuges, presentes juntos en la Misa, mirarse a los ojos e
intercambiarse un hermosísimo gesto de estrecharse la mano entre sí, antes que
con otro vecino, y me he alegrado. ¡Cuántas cosas se pueden decir con un simple
apretón de manos! Sobre todo, en la iglesia delante de aquel mismo altar y
aquel Dios en presencia del cual un día se unieron en matrimonio. Para concluir,
recuerdo una célebre frase de una mujer a la que muchas veces se le había
insistido abandonar a su marido, hasta que ella un día con una dulce sonrisa y
llena de esperanza contestó a quien le instigaba a la separación: “Si tú
supieras cuánto me ha costado recuperar a mi esposo, no me pedirías que me
separara de él”. El amor que lucha no por el divorcio ni civil, ni mucho menos del
corazón hace posible el renacimiento, el florecimiento del amor más genuino y
verdadero: “El Amor que Dios ha puesto en los corazones por el Espíritu Santo
que se nos ha dado.
Paz y Bien.
Fray Pablo Jaramillo, OFMCap.
Puebla de Los Ángeles.
15 de febrero de 2020
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